La sabiduría de la furia

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Tengo una amiga actriz de unos setenta y tantos años, sumamente inteligente, fantástica, con una enorme inteligencia emocional. Unos días antes de Navidad fue a una oficina postal. Estaba llena de gente como suele pasar en esa época del año, y mientras completaba unos formularios muy concentrada en su tarea, aparece alguien de la nada, que la aparta del camino, físicamente poniendo sus manos sobre ella y moviéndola a un lado.

Parece que el hombre necesitaba algo y mi amiga le obstruía el paso, por eso la apartó. Quizás él le habría dicho algo, o quizás no, o ella no lo oyó… Como fuere, estaba concentrada completando el formulario y de repente unas manos la apartan del camino.

El hombre consiguió lo que quería – lo que fuera que ella le impedía obtener- y se marchó tranquilamente.

Mi amiga admitió su conmoción al principio, naturalmente. Y luego empezó a sentir una furia que no supo explicar: “no era fastidio, ni frustración, no se… era furia. Y luego añadió, “quería ir a las manos, no sé, estaba furiosa, y no sé por qué. Es decir, no me golpeó, no me lastimó, no me insultó. Me movió de mi lugar, y yo quise atacarle o al menos correr detrás de él y gritarle a la cara”.

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Y me quedé pensando en esa furia, tratando de entender por qué, con solo escuchar su relato, yo sentí furia también, y por qué esta palabra y este sentimiento se habían vuelto tan comunes últimamente.

Me temo que, en este momento de la charla, algunos hombres van a empezar a sentirse algo incómodos. Está bien, no se vayan.

Vengo soportando esta furia desde la última elección presidencial en Estados Unidos. Y tal parece que les ocurre a muchas mujeres lo mismo.

Esta furia no la siente mi amiga sola. Su furia es el resultado de una histórica costumbre masculina de servirse del cuerpo de las mujeres sin su consentimiento. Hay una cultura de esta práctica, y en este caso de una manera aparentemente inofensiva, donde el cuerpo de la mujer recibe el trato de un salero de mesa: “Quítate de mi camino, así llego a las patatas fritas”.

Hasta las situaciones más indignantes, violentas y espantosas.

Imagino que algunos se preguntarán cual es la relación entre lo inofensivo y lo espantoso, dos cosas que parecen estar en los extremos opuestos del espectro. Pues bien, el hilo común es el espectro. Lo inofensivo da lugar a lo espantoso. Las mujeres debemos vivir con el efecto de ambos y todo lo que hay en medio.

A los varones les pregunto: ¿Se imaginan estar hablando por teléfono y que alguien se acerque para quitárselo de la mano, así como así?, y les digan “Hombre no sé porque te fastidia si solo quiero hacer una llamada. Te lo devolveré cuando termine”. Y a otra cosa.

Ahora imaginen que les quitan el móvil de las manos, no sé, una vez al día, dos veces al día, no sé cuándo fuese y la explicación fuera “Es que tu funda me encanta”, o “No deberías haberla sacado del bolsillo”, o “Pues bien, si esto es simplemente que las cosas son así”.

Pero lo cierto, es que nadie habla de la persona que cogió el móvil. Sé que es un ejemplo simplificado al extremo, pero imaginaran donde apunto. Algunos hombres están tan acostumbrados a servirse sin permiso, que en cierto modo no lo pueden evitar. Y no porque los hombres sean en esencia menos éticos, sino porque este es un gran punto ciego para la mayoría de ellos.

Cuando un hombre se sirve de una mujer, no solo provoca angustia e incomodidad, sino que reflota las experiencias silenciosas de nuestras madres, de nuestras hermanas y de generaciones de mujeres del pasado.

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Años y años de mujeres que debieron lidiar con hombres que creen saber lo que nos conviene mejor que nosotras mismas, en condición de propiedad de los maridos, de los dueños de las tierras, de hombres que deciden el destino de nuestras partes íntimas.

Años y años de mujeres que soportaron el uso de su cuerpo como objetos del amor y del deseo, en lugar de adueñarnos de él y usarlo a nuestro antojo.

 Años y años de aceptar que, acatando o no las reglas del hombre, todavía debemos tolerar el acoso, el abuso, las afrentas aún peores. Años y años de soportar que nuestro cuerpo sea una propiedad que puede ser golpeada y lastimada, manipulada y apartada, como objetos que no merecen respeto.

Años y años de no poder expresar la ira contenida en nuestro cuerpo. No sorprende que sintamos esa furia.

Cuando una mujer es maltratada, empieza a buscar excusas, a tratar de entender como ocurrió. “Seguramente fue mi culpa. Ya sé, me habrá dicho algo y no lo oí. Estoy exagerando, exagero demasiado.”

No, no, no. Las mujeres hemos sido adiestradas para creer que estamos exagerando, o que somos demasiado sensibles, o poco razonables, que le damos importancia a las tonterías, y reprimimos ese sentimiento de furia. Tratamos de ocultarlo en alguna parte de nuestro cerebro, pero no desaparece. Esa furia está profundamente instalada mientras ensayamos una sonrisa: “Si claro”, y tratamos de agradar- “Lo sé” “Sí, sí, claro”. Porque, según parece, la mujer no debería enojarse.

Esa furia que mi amiga sintió, encierra siglos de represión al no canalizar ni expresar nuestra indignación, nuestra frustración y nuestra ira. Cuando alguien cree que puede servirse de nuestro cuerpo, no solo enciende la furia del momento, sino que también ilumina el pasado. Ese momento aparentemente tranquilo en la oficina de correos es en realidad una granada de ira que explota.

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Hoy la recopilación de experiencias vividas por mujeres en todo el mundo ya no puede ser ignorada. Se acabó la idea de que estamos exagerando o la de que bueno “esto es así”. Se acabó la idea de que las mujeres son señaladas como responsables del proceder impropio de algunos hombres. Es responsabilidad de ese hombre cambiar su conducta inadecuada.

Nuestra cultura está cambiando y ya era hora. Por eso, desde este lugar tan particular que nos toca transitar juntos, en este movimiento a gran escala hacia la igualdad, y con la expectativa de un futuro que aún no existe, ambos tenemos distintas misiones.

Hombres, les convoco como aliados en este camino conjunto hacia el cambio. Espero que asuman su responsabilidad y que sean reflexivos de sus propios actos, compasivos y abiertos, que se pregunten como pueden apoyar a una mujer y colaborar para el cambio y que pidan ayuda si es necesario.

Y mujeres, las convoco a que reconozcan su furia, la transformen en palabras, las compartan en lugares de identificación seguros y de manera segura. No deben temer a esa furia. Encierra siglos de sabiduría. Déjenla que respire y escuchen.”

María Álvaro y sobre todo Trace Ellis Ross.

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